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El tratamiento diferenciado de crímenes, odios y violencias en la sociedad actual

El asesinato de Lucio Dupuy pone en debate el odio de género.

Opinión Luciano Giuliani
lucio
Foto: plabnoticias.com.ar


La querella representada por el doctor Mario Aguerrido plantea esta situación como un agravante a considerar por el tribunal.

A Lucio lo asesinaron, torturaron y vejaron por el hecho de ser hombre, algo que pone patas arriba el discurso de un sector de la sociedad que considera imposible esta situación.

La madre de Lucio y su pareja son activistas feministas y parte del colectivo LGTBI, sin embargo, no son sindicadas por estas condiciones al momento de tratar el crimen en los medios a diferencia de los asesinos de Fernando Báez Sosa a quienes se los señala por su condición de rugbiers.

El crimen de las lesbianas o del colectivo LGTBI  o el crimen de las feministas serían títulos impensados para el tratamiento del asesinato de Lucio y que llevarían a poner el grito en el cielo por la existencia de discursos de odio, sin embargo, hablar del crimen de los rugbiers parece ser algo aceptado e incluso correcto políticamente por poner en evidencia las conductas que presume el prejuicio de parte de la sociedad sobre quienes practican este deporte.

Hace tiempo atrás, el hijo de Valeria Maza fue brutalmente golpeado por el hecho de que un grupo de jóvenes lo reconocieron como un "tincho", actual reinvención del adjetivo "cheto" o "concheto".

Parece ser que nos encontramos atados a profundos prejuicios en una sociedad en la que sin duda odio y violencia conviven per se, más allá de la pertenencia a ciertos colectivos, tribus o grupos de pertenencia.

Los asesinos de Fernando o las asesinas de Lucio son personas cuya violencia muestra el carácter frío y premeditado de sus acciones sin importar sus reivindicaciones de clase, de género o sus simpatías ideológicas.

El odio de género o de clase es odio por igual y puede causar la muerte de quien es odiado, así lo evidencian ambos casos.

La muerte de Lucio horroriza por el sometimiento, la total imposibilidad de defenderse de la víctima y por las omisiones del Estado.

La muerte de Fernando tiene similares características con la enorme diferencia de no extenderse la tortura y el sometimiento en el tiempo.

Sin embargo, ambos crímenes ponen en tela de juicio la sociedad en la que vivimos.

¿La violencia forma parte esencial de nuestra sociedad? ¿Es acaso el odio un sentimiento transversal en la sociedad? ¿Es posible poner freno a la violencia en una sociedad cada vez más desigual? ¿Qué tratamiento deben dar los medios ante la violencia?

Surgen muchos interrogantes y ponen en evidencia la necesidad de una seria autocrítica de cada uno de nosotros y la reformulación de prácticas, lenguajes y acciones dentro del núcleo familiar porque es esta primera institución finalmente la base de la pirámide social en donde puede existir la posibilidad de erradicar todo gérmen de odio y violencia.

Claramente esto no quita responsabilidad al Estado, pero ambos crímenes no pueden no interpelarnos y llevar a preguntar por los mensajes y conductas que promovemos en las células familiares.

Ni la vida de Lucio o de Fernando pueden recuperarse, sólo podemos avanzar de aquí en más con núcleos legislativos que restrinjan al máximo la violencia en todas sus formas, pero es necesario apuntar a la base del sistema educativo, la familia para lograr allí advertir y disolver todo rasgo de odio y violencia.

Esto no es fácil en un contexto político de crisis y ausencia de liderazgos y mucho menos en un proceso de pauperización de la economía con profundas desigualdades sociales que llevan a una anomia cada vez más preocupante.

La sociedad necesita hacerse más preguntas y las familias necesitan tener más diálogos, tareas difíciles pero no imposibles si creemos que aún no es tarde para construir una sociedad libre de odios y violencias.

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