Mujeres de la guerra, a 40 años de Malvinas

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A 40 años de la guerra de Malvinas, cinco enfermeras cordobesas con grado militar y otra catamarqueña (residente en Capilla del Monte) reflexionan sobre el conflicto bélico entre Argentina y Reino Unido. Se sienten desconocidas por la sociedad, olvidadas por muchos que supieron de su trabajo, sumidas en un silencio forzado durante 31 años, inexistentes en las páginas de la historia argentina y casi invisibilizadas en los desfiles.

Las enfermeras Stella Botta, Mónica Rosa y Stella Morales (de Villa María), Mirta Rodríguez y Sonia Escudero (de Córdoba capital) y Esther Moreno (de Santa María, Catamarca) no dudaron en sumarse cuando la Fuerza Aérea las convocó para brindar ayuda humanitaria a los soldados que lucharon por su país, del 2 de abril al 14 de junio de 1982, en las lejanas islas del Atlántico Sur. Allí compartieron el momento más importante de sus vidas. 
 
Veinteañeras, sintieron orgullo por la convocatoria. Casi ni pudieron despedirse de sus seres queridos y apenas alcanzaron a preparar lo indispensable para su misión. Sirvieron a la Nación en las tareas asignadas por sus superiores. La experiencia bélica las transformó: fue un antes y un después en sus vidas.

Valientes, asumidamente patriotas, sensibles y humanas, buscan un reconocimiento público por la labor cumplida: salvaron vidas y dieron contención a los combatientes. No pisaron las islas porque los mandos militares no lo permitieron, afirman. Pero desde el continente, en el Hospital Reubicable de la 9ª Brigada Aérea que funcionó en Comodoro Rivadavia -junto a otras ocho enfermeras-, aportaron profesionalismo en la atención de los heridos argentinos y del bando contrario. Este hospital móvil estaba a metros del aeropuerto local y era un lugar estratégico para hacer evacuaciones aéreas.

“Por primera vez estábamos en guerra contra una potencia; fue traumático, estábamos preparadas para recibir heridos, no para la guerra, y teníamos miedo de morir”, expresa Morales.

Con el sonar de las sirenas empezaba el toque de queda, Comodoro Rivadavia se oscurecía por temor a bombardeos ingleses y, a veces, las enfermeras debían acudir a los refugios. “Sabíamos qué significaban, por eso dormíamos vestidas y con el armamento al lado”, indica Rodríguez.

El 1° de mayo del ’82 partieron aviones argentinos hacia las islas. “Ese día empezamos a recibir a los heridos, a enfrentarnos al dolor y a saber lo que es una guerra”, señalan.

Los vuelos de rescate se hacían a la madrugada. Los soldados eran atendidos en un hangar próximo al hospital y los casos más difíciles eran derivados al Reubicable, donde había quirófanos. Moreno asegura que dio todo de sí y se emocionaba cuando llegaban los Hércules con heridos. “Descendían por la rampa con las espaldas encorvadas y bastones improvisados”, recuerda.
 
Las enfermeras destacan el coraje de muchos soldados que, aun heridos y trastornados, querían ser curados para regresar a las islas y seguir luchando a la par de sus compañeros. “Al bajarse del avión muchos se arrastraban con los codos; ¡eran niños y estaban desnutridos!”, lamenta Escudero.

Rosa destaca que le tocó “estar en la guardia para efectuar las primeras curaciones y también en el hangar, con el abastecimiento”. Botta confiesa que se conmovió con “dos casos: el de un soldado amputado y el de otro totalmente quemado y ciego”. Rodríguez plantea que, pese a no ser instrumentadora quirúrgica, debió asistir “con entereza” en cirugías de amputaciones que le dejaron “ciertos traumas”.

Las enfermeras guardaron sus recuerdos bajo siete llaves y recién 31 años después del otoño de 1982 empezaron a contar lo vivido. “Fue un largo proceso mental, de completo silencio, hasta que pudimos hablar”, coinciden.

“Recibimos órdenes militares, no podíamos decir nada; una vez nos reencontramos en un desfile y recordamos lo vivido; y también los periodistas nos motivaron a rescatar un pasado doloroso guardado muy adentro”, sostienen.

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A Escudero “ver niños en la guerra” la traumó y la llevó a no contraer matrimonio. “Una ley exceptuaba del servicio militar obligatorio al varón de madre soltera; decidí que, si tenía un hijo, no lo querría para una guerra”, declara.

Botta piensa que es escaso lo difundido sobre las mujeres de Malvinas. “No nos sentimos reconocidas, la sociedad no llegó a conocernos; me gustaría que aparezcamos en los libros de historia”, anhela.

Por mucho tiempo Moreno no quiso referirse a la guerra, pero ahora siente que “es sanador hablar de Malvinas”. Y pondera: “Me conmueve el sacrificio que hicimos las enfermeras”.

“Fueron 40 años de olvido del personal femenino de la Fuerza Aérea”, plantea Escudero. “Hubo discriminación hacia las mujeres, falta de respeto hacia nuestra labor”, opina Rodríguez. “Siento dolor, son 40 años que nunca nos reconocieron nada”, afirma Rosa. “Trabajamos a la par de los hombres y fue como si no hubiésemos existido”, asegura Morales.

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