¿Existe el nunca más?

Opinión Por Luciano Giuliani
LUCIANO-GIULIANI

Los años sesenta fueron para la Argentina el intento más acabado por desperonizar el país.
La guerra de azules y colorados resultaban un test de anti peronismo en el entonces vigente partido militar.
Fueron años en los que la violencia fue anidando en la política como una práctica común.
Deponer un presidente, proscribir un partido, escuchar que hubo un levantamiento militar eran parte de una realidad que asimilaba sin prejuicios la sociedad argentina.

Los setenta no fueron ni la aventura de unos jóvenes idealistas, ni tampoco la locura trasnochada de tres dictadores.
El 24 de marzo de 1976, un golpe cívico militar depuso el gobierno constitucional más votado en la historia argentina.
Ese gobierno se vió debilitado por las acciones armadas de grupos guerrilleros como el ERP que tras el asalto a Monte Chingolo fue absolutamente incapaz de realizar crítica alguna en su fantasía épica de imponer el socialismo desconociendo la voluntad popular.

Tampoco queda claro en ese breve proceso democrático el rol del Partido Comunista Argentino, que restó apoyo a uno de los hombres de más confianza de Perón en materia económica, el ministro Bel Gelbard y luego festejó con bombos y platillos la llegada de la junta militar para terminar el caos del gobierno peronista, reivindicando públicamente la figura del dictador Videla como un general democrático.
La interna peronista llevó al vacío de poder, eso es indiscutible. La disputa por el poder dentro del gobierno tuvo una fuerza inusitada tras la muerte de Perón.
Patria socialista y patria peronista fueron errores conceptuales que el revisionismo debería plantear en algún momento.

La figura de Isabel no resultaba simpática porque era un símbolo antes que una síntesis, el peronismo de aquellos años no lograba encontrar una síntesis y allí está el gérmen de aquella mirada que derivó en la lucha interna del peronismo, la que fue a fondo y escaló hasta la violencia armada.
Sin embargo, seis de cada diez argentinos votaron a Perón porque si veían una síntesis en el viejo dirigente. Quienes no veían esa síntesis eran los caudillos que anteponían sus intereses palaciegos por sobre el interés del pueblo.

Perón llegó al gobierno con un programa, un modelo y una visión del mundo que poco comprendían quienes hablaban en su nombre.
Para la izquierda trotskista, Perón era el retorno del bonapartismo, para los montoneros era la posibilidad de apretar el acelerador y usar a Perón como símbolo antes que como síntesis.
Para las 62 organizaciones era recuperar su rol protagónico en el movimiento, pero la realidad argentina de entonces daba poco lugar a que el movimiento obrero estuviese por encima de aquella juventud maravillosa que el mismo Perón se había ocupado de ensalzar.

El golpe del 24 de marzo de 1976 fue contra Isabel y nuevamente contra el peronismo. La contradictoria figura de Massera muestra que no había un lugar principal para nadie con olor a peronismo.
A la junta la presidió Jorge Rafael Videla, un liberal que se encuadraba como un militar "profesionalista" y ultra católico. Era un militar que hoy podríamos llamar "apolítico".
La izquierda anti peronista, de Sábato al partido comunista veían con admiración a este general democrático que venía a poner órden y lograr la unidad de los argentinos.
Es bueno plantear aquí que nadie esperó lo que se vendría aquel 24 de marzo de 1976.
El enemigo público era Isabel, por izquierda y por derecha era necesario socavar la voluntad popular y llegar al absoluto vacío de poder.

Lorenzo Miguel, dirigente sindical del peronismo salió pasada la media noche de la Casa Rosada aquel 24 de marzo a plantear que no había movimiento alguno de las fuerzas armadas, dos horas después se escuchaba el trístemente célebre comunicado número uno de la junta militar.
No podemos siquiera comparar el accionar de los grupos paramilitares y parapoliciales durante el gobierno de Isabel con la magnitud de la represión posterior al golpe de Estado.

Las directivas del ejército eran las de aniquilar al enemigo, ni más, ni menos.
La puesta en funcionamiento de más de 400 centros clandestinos de detención, la absoluta liberalización de la economía que incluyó la apertura de importaciones que destruyeron la industria nacional, la bicicleta financiera, la prohibición de la actividad sindical, la brutal injerencia en educación por parte de la junta militar haciendo sacar los cuadros de los próceres de las escuelas y modificando con absoluto poder los planes de estudio, el cierre de carreras de humanidades, en fin, una larga y ruín serie de ataques contra el pueblo argentino.

Vale destacar la estatización de deuda pública por parte de la junta militar, que luego padecimos durante treinta años y que denominamos de forma no tan inocente "deuda externa", algo tan argentino que pone la piel de gallina. Las cosas nos pasan, así que no fue una estatización de deuda privada sino una deuda curiosamente externa, cuando fue totalmente nacional y de espaldas al pueblo.
Hoy llamamos al 24 de marzo, Día de la Memoria y se llevan adelante en todo el país actos recordatorios que nos hablan de las víctimas de ese proceso, sin embargo la visión es acotada.

El gobierno y el Estado han comprado un enlatado de memoria, cómodo para muchos, que hoy pueden tranquilamente dar charlas sobre la fecha y se dice livianamente que el golpe fué cívico militar, sin dar cuenta del rol cívico en aquel brutal proceso.
Pretender que el golpe solo tenga responsables militares, facilita en cierta medida el relato cómodo y anula la posibilidad de preguntar qué tanto defendieron las instituciones y los partidos la democracia cuando se facilitaron las condiciones para Isabel por creerlo algo indetenible.

Los argentinos vivimos mucho en el pasado, y tal vez lo hagamos porque disfrutamos de vivir estos relatos cómodos en los cuales no se requiere autocrítica alguna y se termina militando la fecha como una gran festividad en la que se reivindica una lucha que por muy justa no dejó de tener errores. Pero lo peor es el cinismo y la hipocresía de quienes desde sus lugares de poder o representación callaron o aplaudieron el advenimiento de ese último golpe Estado.

A la pregunta inicial, ¿Existe el nunca más?, deberíamos añadirle ¿nunca más qué?.
Por ahora el único sentido del nunca más es el nunca más un golpe de Estado militar. Nuestra democracia sigue siendo tan frágil como nuestra memoria.

A días de legitimar nuevamente una deuda fraudulenta y convertirla en "deuda externa", el gobierno rifa su capital político jugando internas palaciegas con la mirada puesta en las elecciones del año que viene y banalizando la memoria mientras juegan esa interna en una fecha que debería llevarnos a hacer más preguntas y reflexiones, pero que por un relato cómodo sirve para medir tropa en una disputa que poco importa a los argentinos.

Queda mucho por revisar y es tarea de las nuevas generaciones escribir un relato incómodo que realmente construya memoria y no la repetición sistemática de una épica cómoda y blindada que poco aporta al presente.

Luciano Giuliani

Te puede interesar