Amor y política

Opinión Por Luciano Giuliani
luciano dos

El amor del que habla la política es una farsa, no hay amor en el poder. Ese amor cuasi poético es un amor irreal, enfocado en la ilusión de la seducción.
El disfrute de ese amor no es el gozo sino la demostración. Un amor de vidriera, instantáneo y descartable.
El único amor real en la política es el renunciamiento, y son bien escasos los ejemplos de este amor.
Lo que si tiene y mucho la política es violencia, entonces para ejercer esa violencia existe un argumento irracional pero demostrable que es ese falso amor.
Un amor que permite odiar al enemigo, atacar hasta lo más bajo al otro porque en la disputa por el poder todo vale menos renunciar a el.
En la grieta no hay amor, no hay lado bueno y lado malo.
Durante años se fue construyendo esta permanente contradicción thanática que nos obliga a tomar posición en nombre de verdades relativas con ánimo de absolutas cuanto más se acercan al poder.
Para quienes venimos del espacio de derechos humanos la lucha contra el poder ha parecido siempre una obviedad hasta que formamos parte del discurso del poder.
Entonces ese falso amor de la política comenzó a sesgar la realidad, es que el poder absorbe todo y construye una perversa dialéctica de lo posible en la que todo aquello que va más allá de lo posible comienza a ser peligroso y se debe callar o domesticar.
El falso amor del poder se llevó la vida de Facundo Astudillo en nombre de cuidar a la población porque este pibe por un amor real decidió viajar a ver a su novia, y la reserva moral del poder que son los organismos de derechos humanos no percibieron reproche alguno allí como si lo hicieron con Santiago Maldonado.
Es que amor y poder no son compatibles, lo erótico del poder es su ejercicio curiosamente thanático.
No existe una erotización de las relaciones humanas como las que promueve Erich Fromm en el arte de amar cuando se ejerce o se forma parte del poder.
El amor vence al odio en el poder cuando quien ejerce el poder gana sobre quien lo disputa, pero no hay amor ni odio ahí, solamente hay poder y el poder es una dimensión absoluta que a medida que avanza y se concentra se vuelve totalitarismo.
En la Argentina actual, la pandemia fue la oportunidad inesperada para concentrar poder en proporciones inusitadas, el control sobre la vida de las personas llegó a establecerse casi como un absoluto.
La creación de un enemigo invisible fue una delicada operación de manipulación de masas digna de Edward Bernays y nos conmovió en planos tan específicos como nuestras relaciones familiares, sociales y laborales.
La cuareterna argentina fue una premeditada estrategia de control social a través del terror sanitario. En ningún momento estuvo en juego la salud, por el contrario la salud quedó al márgen y toda la vida de las personas y su salud quedaron restringidas al covid.
La salud mental de la población tampoco importó en lo más mínimo, de lo contrario la manipulación podría haber sido evitada.
Es que la concentración de poder sólo podía consentirse en una muestra de falso amor justificada en el terror sanitario.
Durante todo el período de concentración del poder que significó la cuarentena la dirigencia política no hizo ningún esfuerzo en recortar sus privilegios, el mismísimo presidente Fernández habló ante los argentinos diciendo que no habría recortes en la estructura política del Estado, sin embargo los argentinos recortamos nuestros ingresos, se cerraron negocios y se perdieron fuentes de trabajo.
Nunca fue tan crudo y visible el ejercicio del poder y sus privilegios, los resultados están a la vista, la primera elección le dió un golpe inesperado al gobierno que tuvo como primera reacción decir que el pueblo vota a sus verdugos cuando los verdaderos verdugos en este proceso han sido ellos.
El poder no perdona y luego de la elección no hubo muestras de humildad sino una serie de jaques de palacio para reacomodar las piezas y consolidar otra vez la inmensa cuota de poder adquirida, pero hoy resulta inviable tamaña concentración.
Entonces ahora comienza el camino inverso, probar por todos los medios de contener ese poder confirmando en las urnas su legitimidad.
Es que el poder no existe en abstracto y los depositarios reales del poder somos las personas, la dirigencia política solo ejerce el poder y lo disputa.
El amor, el verdadero amor no se encuentra en la política sino en las personas de carne y hueso que luchan día a día por sus familias, que construyen la patria en serio con su fuerza de trabajo y los que disputan y ejercen el poder nos quieren convencer que el verdadero amor es esa farsa discursiva para juntar votos porque sacrifican su tiempo por el país.
No hay renunciamiento en esta dirigencia adicta al poder porque los riesgos son mínimos frente a las suculentas ganancias que les brinda la disputa y el ejercicio del poder.
En la Argentina actual no hay un discurso de contra poder organizado y con capacidad transformadora, por eso es que las opciones viables son facetas del mismo poder que beneficia los mismos intereses pero con matices de forma y no de fondo.
No existe una alternativa revolucionaria en Argentina porque frente al poder apenas podemos quejarnos o ser indiferentes y eso es fruto de la falsa conciencia social del poder, de ese falso amor que predica el poder creando organizaciones que nunca cambian nada porque son funcionales a ese poder o en última instancia esperan tener una pequeña cuota dentro de ese poder.
Sin embargo, la elección del 12 de setiembre marcó una bisagra que es el gérmen de un proceso necesario de toma de conciencia.
El poder radica en nosotros, pero es necesario un despertar colectivo que nos permita ya no disputar el poder sino disolverlo progresivamente mientras se construye un proceso de creación de poder popular repensando en profundidad el sistema político y apuntando a una reforma de fondo de nuestra Constitución Nacional adecuada a los intereses reales del país mediante una nueva visión sobre la soberanía que incluye sin dudas otra demografía, la recuperación de los recursos naturales para su máximo aprovechamiento y una visión del desarrollo puesta en la distribución de la tierra para aprovechar las tierras no utilizadas garantizando alimentos sanos.
Sin desarmar el actual poder es impensable que amor y política coincidan, así como tampoco es posible revalorizar la política como una herramienta de transformación social.

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